martes, 6 de marzo de 2018

Olvídalo!, tampoco me acuerdo!

Y me quedé mirando como saltaba para llegar a las estrellas, esas que alguien había pintado con un pincel de plástico barato, donde cada figura hacia juego con sus saltos; luego entre dudas me senté cerca suyo escuchando sus relatos y mirando a la vez sus uñas negras casi despintadas, hubiera pensado que eran rosadas o amarillas pero eran algo mucho mejor que eso, estaban despintadas con pequeños raspones negros y blancos donde se acumula más esmalte como si lo dejara así para que termine su ciclo vital. Me quedé cómodamente sentado mientras buscaba su aroma entre el pasto y las nubes húmedas, ella seguía hablando de esto y aquello sin dejarme distraer, me sentía conectado a una enorme planta de energía, su imagen pegada a una sombra vertical la hacía ver como una heroína, no lo era, pero me ayudaba a crear su historia, ella volando con una capa dorada, mi boca abierta y mis ojos tiesos.

Seguía contándome sus intenciones con el ánimo que solo alguien tan menudo puede tener, mientras mis paralelos pensamientos buscaban algo parecido, algo similar; escuchaba atento sin reparar en errores ni omisiones, escuchaba hipnotizado sus simples palabras. El sol mermó diez metros en el horizonte, yo seguía escuchando, aun no encontraba nada parecido a ese momento afortunadamente, era solo ella y ella interpretando caras melodías en acordes conocidos. Alguien me dijo después que en ese mismo segundo un pedazo enorme de piedra chocó contra la tierra a solo unos kilómetros de mí y a muchos cientos de kilómetros por hora de velocidad; mientras se despedazaba ansioso, excitado al verse ampliando su onda ardiente sobre la humanidad chocó con el ala de un avión, este se desestabilizó, se movía como un trompo sobre las cabezas calientes bajo él, la turbinas agonizantes murmuraron en mis oídos; terminaron descendiendo al mismo tiempo, el meteorito y el avión, mezclaron sus llamas, nadie sobrevivió para contarlo, solo ella y yo, que no recuerdo nada, salvo las constelaciones dibujando puentes, cabellos y uñas, y a los cometas corriendo unos tras otros trepando paredes.

Luego, personas totalmente extrañas bramaron, decían cosas sin sentidos para mí, hacían que mis sentidos se derritan en pliegues cálceos, impotentes; decían las mismas cosas que se dicen en un paradero de autobús, pero yo no entendía, ella les respondía, comentaba sus ideas y las hacia importantes, lograba que los artículos sean ensayos, hipótesis irreproducibles. Mientras ellos seguían hablando yo continuaba mirándola intermitentemente solo para ocultar mi inocente interés; sus ojos grandes señalaban el fondo de la calle, apuntando en todas direcciones y enseñándonos a todos las esquinas y las figuras de lo que había y se movía. Sus cabellos dorados entraban en mis orejas silbando con las manos en los bolsillos, aún estaba atontado, me dejaba convencer, me dejaba seducir sin libidos presentes.

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