Jueves por la noche;
en la plaza principal del pueblo ya empiezan a aparecer jóvenes entusiastas abrazados
por el frio otoñal que acecha por las faldas de los andes. Siguen llegando a
cuentagotas, parados en una esquina algunos charlan mientras el humo de un
cigarro les hace compañía, la noche no avanza, se hace esperar y los
protagonistas aun no terminan de llegar, los encargados de que todo funcione ya
se van preocupando y se preguntan ¿seremos suficientes, podremos lograrlo con
tan pocas personas? Diez de la noche y repentinamente de todos los rincones de
la plaza salen emocionados, de todas las edades, los vecinos del pueblo, de
esos vecinos que te puedes encontrar en el paradero, en la bodega, en la
panadería, y que siempre te abordarán con una broma, una carcajada o alguna
novedad sobre el pueblo, exactamente algo que solo podrías encontrar en un
pueblito como este al que sus hijos llaman “la sucursal del cielo”, es cierto
que Cali también lleva ese nombre pero a Sachaca le queda mucho mejor.
Dos grupos se alistan para partir, el que llega primero a la iglesia gana, no sabemos que gana, pero gana. Arengas de todo tipo, sublimes y socarronas, vasitos con ron y pisco tiemplan las fuerzas y la voluntad de los participantes. El frio despareció ya a pesar de insistir con su presencia; nada los va a detener, ambas facciones tienen un guía o dos o tres o diez que se encargan de indicarles la ruta, algún hueco en el camino, algún caído. Aquel que va cargando el árbol lo único que tiene frente a sus ojos es la espalda de su compañero de adelante y las ramas de sauce que le hacen cosquillas en los ojos con sus gotitas de rocío perfumadas con el aroma del campo.
Falta poco para llegar,
un descanso, algo para refrescar el corazón y ya están listos para el tramo
final, están a unas cuantas cuadras de su destino; una última proclama y se
reanuda la galopada, sus corazones laten más fuerte, están muy cerca de lograr
su objetivo. Movidos por su fe, su entusiasmo siempre juvenil, el recuerdo de
vecinos y amigos que habitan ahora en el otro mundo y el orgullo de ser parte de este ritual,
arriban al atrio de la iglesia hecha con la atávica piedra volcánica que
bautizamos como sillar.
Algarabía y regocijo,
abrazos y más risas, recuerdos y reclamos, chacota y exaltación. Un pequeño
grupo se encarga de ingresar las plantas a la iglesia y acondicionar la escena
sacra del púlpito; los cargadores del árbol entran y salen de la iglesia a
presentar su devoción y agradecimiento, brindan con sus compañeros, unos más
que otros, parados en la plaza del pueblo, mil veces remodelada pero nunca
abandonada por sus vecinos.
Muchos aprovechan y traen pequeñas ramas de sauce para luego ellos mismos fabricar pequeñas cruces que, al día siguiente, quizás con la peor de las resacas, adornarán con flores y las colgarán en las puertas de sus casas o en el medio de sus chacras para que vaya todo bien, por lo menos hasta el próximo año, cuando seguramente volverán a la plaza para nuevamente cargar el árbol junto a sus hermanos de Sachaca.




